Espías aficionados

La Vanguardia

Los gobiernos se vigilan y nos vigilan, pero…¿y nosotros? El afán de control, las inseguridades y los miedos que nos atenazan nos están convirtiendo en espías aficionados a pie de calle.

Nos sobran motivos para estar inquietos. Justo cuando el pasado verano Francia protestaba por el control estadounidense de las comunicaciones en Europa, se sabía que en la sede de su Dirección de Seguridad, en París, supercerebros electrónicos habían rastreado millones de llamadas, cuentas en las redes sociales y mensajes de móvil. El analista de inteligencia Edward Snowden ha puesto el planeta patas arriba filtrando cómo Estados Unidos vigila a los enemigos y también a los amigos. La canciller alemana, la presidenta brasileña, la ONU, Gran Bretaña…, nadie se ha librado de los espías profesionales. España tampoco: en dos meses se controlaron 80 millones de comunicaciones. Aunque aquí no hace falta que nos vigilen terceros, porque los políticos ya se espían unos a otros. Quienes conocen este mundo apuntan que vivimos un momento de tensión política y social ideal para la proliferación del espionaje. Los nuevos agentes secretos se han especializado en escudriñar móviles, e-mails, Facebook, Twitter, Google… allí  donde casi todos volcamos nuestros secretos.